miércoles, 11 de febrero de 2015

Mi Jaume Vallcorba


Los artículos y comentarios publicados en ocasión de la muerte de Jaume Vallcorba se centraron fundamentalmente en la dimensión de Vallcorba como editor. E hicieron bien, porque ciertamente su aportación más relevante a la cultura la hizo en su labor como editor de Quaderns Crema, Sirmio y Acantilado. Pero al lado del Vallcorba editor está también el Vallcorba autor (como poeta y como erudito), el Vallcorba diseñador, el Vallcorba conversador, el Vallcorba melómano, el Vallcorba contracultural…, y el Vallcorba profesor. Son dimensiones que merece la pena destacar, porque en ellas reencontramos también la excelencia que caracterizaba al editor.

Rafael Argullol, Javier Aparicio, Josep M. Castellà, Emilio Suárez
de la Torre e Ignasi Moreta (Foto: Universitat Pompeu Fabra)
Conocí Jaume Vallcorba el 2 de abril del 2002. Yo era estudiante de último curso de la licenciatura en humanidades de esta casa, y me había matriculado a una asignatura que si no me equivoco era el primer año que se ofrecía, y que se llamaba «Periodos y movimientos literarios». Impartida por Jaume Vallcorba en un aula de este mismo edificio donde nos encontramos, una de esas aulas en forma de parlamento que son visibles a través de la gran fachada de vidrio del patio, y que creo que habíamos estrenado el año anterior, aquel año la asignatura se centró en las vanguardias europeas. Yo me había matriculado por el profesor más que por el tema (yo solía elegir las optativas por el profesor), porque admiraba a Jaume Vallcorba desde mucho antes de conocerlo.



No sabría decir si el punto de gravedad de aquel curso sobre las vanguardias se encontraba en la literatura o en el arte. Y esto es una prueba más de la amplitud de intereses intelectuales de Vallcorba y de su pleno encaje en unos estudios interdisciplinarios como los de humanidades. Las vanguardias no son tal vez el fenómeno estético que a mí personalmente más me interesa. Y, con todo, esa asignatura es una de las que disfruté más de entre las que cursé en esta casa. Porque Vallcorba, digámoslo claramente para que quede dicho —porque eso no se ha dicho con suficiente contundencia—, era un profesor brillante, del mismo modo que era un conversador brillante. Brillante porque ponía en juego, con habilidad, una serie de recursos que le daban muy buen resultado. Citaré algunos:



1. La mezcla deliberada de informaciones fundamentales con otras de segundo orden, anecdóticas, que ayudan a mantener la atención del auditorio. En esto, Vallcorba era muy hábil, porque conseguía cautivarnos con detalles de la petite histoire que nos acercaban a lo que nos quería transmitir. Una muestra de lo que estoy diciendo: la primera frase que tengo anotada en mis apuntes del curso, y que por lo tanto debía de ser de las primeras cosas que nos dijo aquel 2 de abril del 2002, es la siguiente: «Max Jacob y Picasso compartían cama. Picasso dormía de día, y Jacob, de noche.» Y no se trataba de una simple anécdota: Vallcorba establecía una diferenciación muy clara entre los que beben absenta y los que beben vino, es decir, entre los animales nocturnos y los diurnos. Y de ahí salía el comentario sobre las aves en la literatura de tradición europea: la alondra canta de día (desde la época de los trovadores es el pájaro que anuncia la separación de los amantes) y el ruiseñor canta de noche. Por ello, los «pájaros, cabrones» del poema «Albada» de Jaime Gil de Biedma no podían ser sino alondras. Ya ven, toda una lección de estética a partir de la cama compartida por Max Jacob y Picasso.

2. Ambición en los contenidos. La asignatura era sobre las vanguardias, pero esto lo llevaba a lecciones de alcance mucho más amplio. Por ejemplo, explicándonos que las vanguardias pretendían hacer tabula rasa del pasado, nos decía que esto estrictamente no fue así, porque en literatura de los micénicos a los románticos hay continuidad, sin rupturas, y de los románticos hasta hoy hay también continuidad sin rupturas; la literatura, nos decía, se sustenta en literatura. Con afirmaciones de este tipo, uno tenía la sensación, a lo largo de todo el curso, de estar asistiendo a una clase magistral de altísimo nivel.

Rafael Argullol, Javier Aparicio, Josep M. Castellà, Emilio Suárez
de la Torre e Ignasi Moreta (Foto: Universitat Pompeu Fabra)
3. Gusto por manifestar criterios discordantes con el consenso crítico. Recuerdo por ejemplo, de aquel primer día de clase, el arranque sorprendente de una frase: «Hay un poeta catalán muy menor, muy menor, muy menor, Joan Salvat-Papasseit, que ...» Supongo que muchos no le perdonarían este juicio, pero el hecho es que Vallcorba no tenía ningún escrúpulo a la hora de discrepar de los cánones establecidos. Mi tío Jordi Moreta, alumno del primer Vallcorba en la Universidad de Barcelona, me había explicado que, en una ocasión, Vallcorba reflexionaba en clase sobre la inadecuación de la imagen romántica del poeta que escribe arrebatado al dictado de las musas, y mientras ponderaba el esfuerzo, el trabajo de los versos, la refundición, etc., un estudiante le interrumpió diciendo: «Pues Salvador Espriu escribió el "Assaig de càntic en el temple" de un tirón.» Respuesta del profesor Vallcorba: «Sí, ¡y así le salió!» Yo no sé si estoy del todo de acuerdo con el severo juicio que revela este comentario, pero me entusiasma esta osadía para juzgar con criterio propio sobre valores establecidos. También recuerdo que en el curso sobre las vanguardias Vallcorba estaba obsesionado por decirnos que Picasso, que él tanto admiraba, había fracasado con «Les demoiselles d'Avignon». La primera vez que nos habló de ello lo hizo en estos términos: «En 1907 Picasso hace un cuadro malo, mal hecho, inacabado, "Les demoiselles d'Avignon".» Unos días más tarde nos decía: «"Las señoritas de calle Avinyó" es un cuadro muy malo que abusa de la máscara africana. Es un cuadro inacabado, Picasso no sabía qué hacer con él. Es un cuadro despistado, de un pintor que no sabe qué hacer.» No era el único Picasso desmitificado por Vallcorba; un día nos dijo: «El Guernica no es un cuadro: es un póster; bastante gracioso, pero póster.»

4. Uso de una lengua exquisita. Vallcorba, hijo del Noucentisme y de la vanguardia (dos tradiciones que él no veía diferenciadas), hablaba con fluidez y naturalidad un catalán muy cuidadoso, léxicamente rico y gramaticalmente impecable. Recuerdo que me llamó la atención que espontáneamente antepusiera el pronombre reflexivo al verbo en construcciones imperativas del tipo: «Es posin drets», lo que yo había visto escrito —en Josep Pla, por ejemplo—, pero que no había oído nunca a nadie. Vallcorba lo decía sin ningún tipo de afectación.

5. Gusto por las digresiones. Vallcorba tenía una fórmula propia para interrumpir el hilo de su discurso con una digresión: la expresión «Ja que hi som» ('Ya que estamos en ello'). Con algunos compañeros nos reíamos un poco a propósito de ello, porque la usaba con auténtica generosidad. Pero ahora me doy cuenta de que era una hábil estrategia para conducir el discurso hacia donde le interesaba con el pretexto de una tenue conexión con el tema del que estaba tratando.

En una ocasión, pedimos a Vallcorba que dedicara una clase a hablarnos de su trabajo como editor. Accedió enseguida. Y recuerdo perfectamente la pasión con la que Vallcorba nos hablaba de su trabajo, remarcando la importancia de controlar hasta el último guión del texto y explicándonos que el editor puede estar por la mañana hablando con un premio Nobel y por la tarde cargando cajas de libros en su coche particular para ir a presentar un libro a un lugar remoto, sin que se le caigan los anillos.
Rafael Argullol, Javier Aparicio, Josep M. Castellà, Emilio Suárez 
de la Torre e Ignasi Moreta (Foto: Universitat Pompeu Fabra)
Sobre el Vallcorba editor me gustaría apuntar solo un hecho: el rigor formal de Vallcorba en el cuidado de las ediciones no ha beneficiado únicamente a los libros publicados por sus sellos editoriales, sino que ha tenido una enorme influencia en muchos editores, y creo que especialmente en los pequeños. Lo subrayó hace unos meses el amigo y colega Oriol Ponsatí-Murlà, cuando decía que la tristeza y sensación de vacío que dejaba la muerte de Vallcorba se veía en cierta medida paliada por la sensación de que su modelo ha sido seguido por muchos editores de la generación siguiente. Si me permiten hablar en primera persona, ya que las cosas vividas son las que puedo explicar con más conocimiento de causa, quisiera subrayar el hecho de que, cuando Inês Castel-Branco y yo mismo, en el 2007, creamos Fragmenta Editorial, nuestro gran referente en cuestiones tipográficas y de diseño fue indudablemente Jaume Vallcorba. Recuerdo muy bien que, al principio, cuando topábamos con un problema tipográfico, lo que hacíamos era documentarnos en los libros de tipografía que teníamos al alcance y mirar «como lo hace Vallcorba», y solo si no encontrábamos solución a nuestro problema ni en los teóricos ni en el ejemplo práctico de Vallcorba, consultávamos directamente al sabio tipógrafo Josep Maria Pujol, también prematuramente desaparecido. Naturalmente, no siempre coincidíamos al cien por cien con la solución Vallcorba, pero lo que hacía Vallcorba era siempre un punto de referencia obligado. Era, y sigue siendo, el referente por antonomasia.

Por último, me gustaría señalar un rasgo que siempre valoré mucho Jaume Vallcorba. Un editor exquisito y refinado como él era, amigo de personalidades muy destacadas del mundo de las letras y las artes, nos trataba a los jóvenes con una gran consideración. Después de las clases del año 2002 que he mencionado, durante unos años traté poco Vallcorba: como becario colaboré con él en alguna vigilancia de examen, él fue miembro del tribunal que juzgó mi tesina (fue, fuera de tres o cuatro clases, su último acto académico antes de dejar la universidad), estuve un par de veces en su casa, y poco más. Pero desde el 2007, ya como editor de Fragmenta, tuve ocasión de tratar a Vallcorba con más asiduidad. Vino un día a cenar a casa, me reuní con él en su despacho varias veces, hablábamos por teléfono de vez en cuando..., y siempre me sentí tratado por él con una consideración extraordinaria. Y sé que no lo hacía solo conmigo. Le gustaba mucho hablar y escucharse, es cierto, pero puedo dar fe de que también sabía escuchar. En asuntos religiosos, por ejemplo, sus posiciones eran probablemente más tradicionales que las mías, pero le gustaba mucho conocer mi punto de vista, y lo escuchaba con auténtico respeto. Recuerdo, por ejemplo, que al día siguiente de la elección del nuevo papa hablamos por teléfono no sé a propósito de qué, y me terminó pidiendo un análisis de urgencia sobre los signos del nuevo pontificado, análisis que escuchó con gran atención. Sospecho, sin embargo, que Vallcorba era más de Ratzinger que de Bergoglio...

En un mundo intelectual donde tantos esnobs te perdonan la vida, la consideración con que Vallcorba nos trataba a los que éramos mucho más jóvenes que él constituye para mí una auténtica lección de humanidad. Una lección parecida a la que nos dio el día que, en clase, nos decía que ser editor también significa estar dispuesto a cargar cajas para ir a vender libros en el pueblo más remoto. Les confieso que a veces, cuando cargo cajas para una presentación, me imagino a Jaume Vallcorba hablando por la mañana con Imre Kertész y yendo por la tarde a llenar su coche con volúmenes de Quaderns Crema o Acantilado, y me invade entonces una serenidad que pienso que tiene que ver con el sentimiento de una especie de reconciliación práctica entre trabajo intelectual y trabajo manual. Tal vez es la humildad de los auténticamente grandes. Una lección, una más, de Jaume Vallcorba.
Rafael Argullol, Josep M. Castellà, Ignasi Moreta, Javier Aparicio
Emilio Suárez de la Torre (Foto: Universitat Pompeu Fabra)

Intervención pronunciada el martes 10 de febrer, en la sala de grados Albert Calsamiglia del campus de la Ciutadella de la Universitat Pompeu Fabra, en el curso del acto académico en memoria del profesor y editor Jaume Vallcorba. Abrió el acto Josep Maria Castellà, decano de la Facultat d’Humanitats de la UPF. Además de mi intervención, intervinieron en el acto Javier Aparicio Maydeu, delegado de Cultura de la UPF; Rafael Argullol, catedrático del Departament d’Humanitats de la UPF; y Emilio Suárez de la Torre, director del Departament d’Humanitats de la UPF. Cerró el acto Javier Aparicio en nombre del rector de la UPF Jaume Casals.

(En catalán, aquí)
(Crónica del acto en la web de la UPF, aquí)

martes, 1 de julio de 2014

Algunas lecciones de Jaume Vallcorba

Jaume Vallcorba / Foto: Quique García / El Mundo


Hoy, Jaume Vallcorba ha clausurado el curso del máster de Edición del IDEC (Universitat Pompeu Fabra) que dirigen con eficacia, desde hace diecinueve años, Javier Aparicio y Dolors Oller. Ausente por enfermedad, su lección de clausura ha sido leída por Sandra Ollo.

Vallcorba ha hablado de libros. De libros que tienen tacto, que tienen historia. Ha evocado su biblioteca particular, que contiene libros leídos en la infancia, leídos hace treinta veranos, leídos ayer o anteayer... Libros impregnados de manchas de vino o de café, subrayados (¡siempre a lápiz!), marcados por el rastro de lecturas antiguas o recientes. Lector infatigable, Vallcorba ha evocado cómo la relectura de un libro le permite no solo releer, sino también releerse, porque los libros mantienen las anotaciones de las primeras lecturas, con las que el (re)lector de hoy no siempre está de acuerdo. La biblioteca personal es no solo el diálogo con los difuntos (Quevedo), sino también el diálogo con uno mismo a través de los años y las relecturas.

Una editorial constituye, para los libros, una especie de marco (por cierto, en un libro iluminador de Acantilado, El contorno del poema, Pere Ballart ofrece una deliciosa reflexión sobre el marco), de clima común, de «aire de familia». Vallcorba ha hablado del diálogo que los libros establecen entre sí cuando forman parte de un mismo catálogo editorial. Los clásicos y los contemporáneos se mezclan sabiamente en los catálogos de Quaderns Crema y Acantilado: me atrevería a decir que los antiguos y los modernos sostienen no una querella, sino un diálogo cordial.

El trabajo del editor, ha dicho Vallcorba, tiene que ser hecho con amor, pero también con discreción. La forma ha de ser transparente. No lo es cuando falla (la errata que afea la página) o cuando quiere llamar la atención sobre sí misma (ha dado el ejemplo, clarísimo, de ciertas ligaduras tipográficas). El buen tipógrafo, sin embargo, sabe que su función es la de servir al lector, no la de poner al lector a su servicio exhibiendo un repertorio de recursos tan llamativo como gratuito. La única visibilidad, ha dicho Vallcorba, que le es permitida al libro es la de la cubierta en las librerías, donde el libro debe tratar de destacar entre los otros libros (aunque sin pagar ningún tributo a la estridencia).

Palabras sabias, las de Vallcorba, avaladas por una trayectoria ejemplar de cuatro décadas dedicadas a la edición. Cuando Inês Castel-Branco y yo fundamos Fragmenta, en el 2007, los libros de Quaderns Crema y Acantilado fueron, sin duda, un modelo. Cuando teníamos dudas sobre la caja de texto, el interlineado, el tamaño de letra, la compaginación de los índices, la confección de la página de los créditos y un larguísimo etcétera (las dudas, en el mundo de la edición, son interminables), la tendencia siempre era la de mirar de reojo los libros de Quaderns Crema y Acantilado, investigar «cómo lo hace Vallcorba», un recurso que siempre nos ha permitido resolver eficazmente muchos problemas. Por eso Vallcorba es un referente: porque el rigor y elegancia formal de sus ediciones y el acierto en la configuración de un catálogo vivo hacen que su tarea editorial sea modélica para el resto de editores. Por todo ello, ¡gracias, Jaume!


Enlace al texto completo de la intervención de Jaume Vallcorba

lunes, 9 de diciembre de 2013

Una semana en México

Espacio Escultórico, en la UNAM (México D. F.)

Miércoles 27 de noviembre: A las nueve y cincuenta de la mañana, el avión despega de El Prat rumbo a Frankfurt. Allí cambio de avión para poder llegar, tras doce horas de vuelo (doce horas de lectura), a México D. F. Llego al hotel hacia las ocho de la tarde, hora local.


Jueves 28 de noviembre: Desayuno con mis colegas Agustín Pániker (Kairós) y Pilar Llanes (Sirio). A media mañana, mi amiga Marisa Noriega, teóloga feminista, nos recoge a Agustín y a mí en el hotel, y nos lleva en su coche (en su carro, dicen los mexicanos) hasta la Facultad de Filológicas de la UNAM. Allí conozco finalmente (tras tantos mails cruzados) a Blanca Solares, Manuel Lavaniegos y Julieta Lizaola, profesores de la UNAM (los dos primeros participaron en el libro Empalabrar el mundo. El pensamiento antropológico de Lluís Duch). También allí conozco por fin en persona a Victorina Saldaña (responsable de promoción de Nirvana Libros, que distribuye los libros de Fragmenta en México).

En la UNAM, con Julieta Lizaola. Al fondo, Victorina Saldaña (Nirvana)

A las doce está programada mi conferencia sobre "Nuevas hermenéuticas sobre lo sagrado y lo profano". La sala que nos han asignado se llena en pocos minutos. Me presenta, amabilísimamente, Julieta Lizaola. Empiezo disculpándome por un título algo pretencioso, aunque creo que honesto. Explico que, en nuestras sociedades contemporáneas, las viejas hermenéuticas de lo sagrado y lo profano son las vehiculadas por religiones institucionalizadas, ante las que cabe estar fuera o dentro, y que las nuevas hermenéuticas superan esa dualidad (creyentes / no creyentes). Partiendo de la premisa de Lluís Duch según la cual las preguntas religiosas no están en crisis, pero sí lo están las respuestas institucionales a esas preguntas, doy un repaso a determinadas recepciones del hecho religioso: el diálogo con la negación de Dios (Torralba y Villatoro), el diálogo con la ciencia (Nogués), el influjo del psicoanálisis en la lectura de textos religiosos (Balmary), la tesis de Eliade sobre la presencia de lo sagrado en las formas profanas de las artes (Vega), el diálogo entre religiones y espiritualidades (Panikkar, Melloni)... En el turno de preguntas el público asistente se muestra muy receptivo y, al mismo tiempo, interpelador.

Después de la conferencia, comida con Blanca Solares, Manuel Lavaniegos, Julieta Lizaola, Marisa Noriega y Agustín Pániker. De camino al restaurante, Blanca Solares y Julieta Lizaola me enseñan el "espacio escultórico" de la UNAM. Mientras lo contemplo, mi mente me transporta a Lo sagrado y lo profano de Eliade. Hay espacios en los que parece que se genera una ruptura ontológica.

Por la tarde visito tres de las librerías más importantes de las cadenas mexicanas Gandhi, Sótano y Fondo de Cultura Económica. En Gandhi acabamos la jornada con una presentación multitudinaria de un libro de Kairós: Mindfulness, de Kavindu. Los cien ejemplares de los que disponía la librería se agotan en pocos minutos.


Nave de Nirvana Libros, en México D. F.

Viernes 29 de noviembre: Agustín Pániker, Pilar Llanes y yo nos trasladamos en taxi hasta la sede de Nirvana, la distribuidora propiedad de Kairós y Sirio que distribuye también los libros de Fragmenta y otros sellos editoriales. La nave, ancha y luminosa, acoge las oficinas y el almacén. Mientras nos reunimos arriba con el equipo comercial, observo a través de los cristales las labores propias de un almacén de libros: unos (unas, de hecho) retractilan libros, uno a uno (en México, los libros llegan a las librerías retractilados por unidades); otros preparan pedidos (el picking, en la jerga logística); otros abren cajas; otros las cierran; otros las mueven de sitio...

Tras la reunión, uno de los comerciales nos acompaña, a los tres editores, en la visita a varias librerías. Conversamos con los libreros, vemos la colocación de nuestros libros en los analequeles... En una sucursal de Gandhi, el encargado nos recita unos versos de J. V. Foix en un meritorio catalán: "És quan plou que ballo sol | vestit d'algues, or i escata..."


Sábado 30 de noviembre: Pilar Llanes y yo cogemos un avión que nos traslada a Guadalajara (Agustín Pániker tiene el vuelo más tarde). Larga conversación en los taxis y durante las esperas aeroportuarias. Merece la pena ir a ferias aunque solo sea por lo que uno aprende de los colegas.

En el stand de Nirvana en la FIL de Guadalajara

Domingo 1 de diciembre: Visito el centro de Guadalajara. En el Instituto Cultural Cabañas, las pinturas murales de José Clemente Orozco me seducen tanto como la propia arquitectura del recinto (el edificio y sus numerosos patios). Pasadas las cinco de la tarde, en el hotel, Marién Estrada me entrevista por teléfono para el programa radiofónico Camino Amarillo. Después, me acerco a la Feria Internacional del Libro (FIL). Lo primero que encuentro es el stand de Nirvana, con la mesa central dedicada a Fragmenta. Saludo a Elsa Marino, gerente general de Nirvana, y al equipo comercial de la distribuidora trasladado a Guadalajara. Por los pasillos saludo a Antoni Comas (Tibidado), antiguo presidente del Gremi d'Editors de Catalunya. Ceno con mi colega Nuria Domedel (Inde).


Lunes 2 de diciembre: Día de contactos profesionales en la FIL. Además, me entrevistan para tres televisiones mexicanas (Canal 22, Canal 7 y Canal 11) y para dos medios digitales. En el Salón de Derechos de la FIL coincido con mis colegas catalanes Lluís Pagès y Glòria Flix (Milenio) y con la agente Marina Penalva (Pontas), con quien en el 2007 contraté nuestro primer libro de Raimon Panikkar.



Martes 3 de diciembre: Día dedicado también a contactos profesionales: Estados Unidos, Nicaragua, Costa Rica, Argentina... Saludo a Miguel García Sánchez (Machado Libros), mi distribuidor en Madrid. También a Juli Peradejordi (Obelisco) y a otros colegas.


Miércoles 4 de diciembre: Día de regreso. A las 12, Agustín Pániker me recoge en mi hotel y vamos juntos al aeropuerto. De allí, aunque en vuelos distintos, viajaremos hasta D. F. Esperando el avión todavía en Guadalajara, encuentro a mi colega Jeroni Buxareu (Marcombo). Reencuentro a Agustín en el aeropuerto de México D. F. Larga conversación (a la que se une Nuria Domedel) hasta las ocho de la tarde, hora en la que cada uno coge su avión de regreso para Barcelona. Agustín y Nuria viajan vía Madrid con Iberia; yo, vía Frankfurt con Lufthansa. Casi once horas de vuelo, esta vez nocturno. La vuelta es más rápida que la ida: cosas de los vientos y de la rotación de la Tierra, me dicen. Llego a Barcelona a las seis de la tarde del jueves 5, hora local. Misión cumplida.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Marx, Nietzsche, Freud... y Francesc Torralba

Marx, Nietzsche y Freud, vistos por Inês Castel-Branco
Cuando fundamos Fragmenta, hace seis años, teníamos muy claro que debíamos dar espacio a la crítica a la religión. Si queríamos que fuese creíble nuestra apuesta por la religión desde una perspectiva no confesional, había que incluir entre nuestras temáticas la sospecha ante los fenómenos religiosos. ¿Por dónde empezar? Por los clásicos, naturalmente. Es decir, por los maestros de la sospecha (Ricoeur dixit) por antonomasia: por Marx, por Nietzsche y por Freud.

Pedimos, pues, a Francesc Torralba, catedrático de filosofía de la Universitat Ramon Llull, que acercara al lector estas tres figuras maestras del arte de pensar, haciendo especial hincapié en sus críticas no solo a la religión, sino también a la antropología heredada. El resultado fue una pequeña joya publicada inicialmente en catalán, y que Carla Ros acaba de verter al castellano: Los maestros de la sospecha. Marx, Nietzsche, Freud.

Se trata de una obra breve, pero sumamente sustanciosa. Una obra, además, plenamente «torralbiana», si se me permite el adjetivo, dado que el «corpus» bibliográfico de Francesc Torralba hace tiempo que adquirió unas dimensiones considerables. A sus 46 años, Francesc Torralba lleva 82 libros publicados. Su primer libro tiene fecha de 1990 (el autor tenía 23 años). Hagan cuentas y verán el ritmo vertiginoso de su escritura. Lo peor, para envidia de sus amigos y enemigos, es que en sus libros siempre hay sustancia, siempre aportan algo, nunca caen en la insignificancia.¿Cómo se consigue eso?

Francesc Torralba
Los maestros de la sospecha es, digo, una obra plenamente «torralbiana», porque tiene los rasgos que caracterizan todos sus títulos. Veámoslo:

1. Claridad: Francesc Torralba es un filósofo al que se le entienden las ideas. Para sus detractores, eso es un demérito. Yo, en cambio, soy un ferviente partidario de aquella máxima orteguiana según la cual «la claridad es la cortesía del filósofo». No creo que sea posible establecer una relación proporcional entre el valor de un filosófo y el carácter críptico de su escritura.

2. Pedagogía: saber divulgar (lo comentaba aquí hace unos días a propósito de Tamayo) es virtud, no vicio. Es normal que un filósofo tenga varios registros de escritura: a veces se escribe para colegas (un artículo académico en una revista científica, por ejemplo); a veces se escribe para iniciados; a veces, se escribe para que nos lea un lector culto pero no iniciado, y a veces se escribe incluso para lectores no necesariamente cultos. Los maestros de la sospecha yo diría que es un libro dirigido a un tipo de lector culto, que puede ser académico pero que puede perfectamente no serlo. Si ha leído a Marx, a Nietzsche y a Freud, el lector disfrutará sin duda con la presentación y los análisis de Torralba. Pero si no los ha leído, el libro le servirá para tener una idea muy clara sobre estos tres autores y sus sospechas.

3. Equilibrio entre exposición y opinión: la prosa de Torralba es en gran medida expositiva. Precisamente por su voluntad pedagógica, su principal preocupación es proporcionar al lector un estado de la cuestión cabal sobre el asunto del que trata en cada momento. Pero, sobre este fondo expositivo (neutro), el autor introduce aquí y allí, siempre con discreción, su propia opinión. El lector atento es capaz de percibir claramente la transición entre el lenguaje objetivo y el subjetivo. Hay autor en cuyas obras el yo irrumpe en cada página, autoafirmándose continuamente y desdeñando sin piedad las visiones distintas sobre el mismo asunto. Torralba no es de esos. Torralba prefiere, en primer lugar, informar, y en segundo lugar, y siempre con un exquisito respeto al lector, opinar.

4. Rigor: Torralba cita a muchos autores, pero nunca abruma con sus citas. Su prosa es rica en erudición, pero no sepulta sus tesis tras una cortina de referencias bibliográficas. En sus obras comparecen siempre los autores de la tradición filosófica occidental, incluida la filosofía contemporánea, pero también los grandes textos de la sabiduría oriental. También aparecen siempre referencias a la tradición literaria (a veces descubre, donde menos se esperaría, textos literarios con una carga filosófica o religiosa enorme). Sin olvidar, naturalmente, las referencias a investigadores de hoy: antropólogos, sociólogos, teólogos, filósofos…

Los maestros de la sospecha
Ante Marx, Nietzsche y Freud caben varias posturas. Una posibilidad es sucumbir ante su poder de seducción. Recuerdo que Rafael Argullol nos invitaba, en sus clases de doctorado en la Universitat Pompeu Fabra, a «defendernos de la propia seducción de Nietzsche». Otra posibilidad es la refutación apresurada. Francesc Torralba no cae en ninguno de los dos peligros. Lo que hace es tomarse en serio, muy en serio, sus críticas a la religión y a la antropología heredada, y entrar en diálogo con ellas.

Vicenç Villatoro y Francesc Torralba
Empezamos el proyecto de Fragmenta acogiendo, pues, la sospecha ante los fenómenos religiosos de los tres críticos de la religión más relevantes de la Modernidad. Más tarde, publicamos dos libros de diálogo explícito entre la creencia y la increencia: el diálogo entre Luc Ferry y Philippe Barbarin (¿Quin futur per alcristianisme? Un cardenal i un filòsof, cara a cara, en catalán) y el diálogo entre el mismo Francesc Torralba con el ateo Vicenç Villatoro (Con o sin Dios. Cuarenta cartas cruzadas, en catalán y castellano). Confío que, en el futuro, podremos continuar esta línea de trabajo con otros títulos.

Con o sin Dios. Cuarenta cartas cruzadas

viernes, 8 de noviembre de 2013

Los cincuenta intelectuales de Juan José Tamayo

Juan José Tamayo en Fragmenta, el 7 de abril del 2011

Lo dije en una entrevista para Religión Digital, y me apetece ponerlo ahora por escrito: la virtud del último libro de Juan JoséTamayo (Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica) es precisamente ser una obra de divulgación escrita no por un divulgador, sino por un teólogo de primer nivel. Toda cultura precisa de textos de divulgación escritos por divulgadores (alguien ha de escribir los libros de texto, los artículos de enciclopedia, los libros con intención pedagógica, etc.), pero también tiene un enorme interés la obra de divulgación escrita no por divulgadores profesionales, sino por investigadores dispuestos a poner su pluma al servicio del gran público. A este tipo de libros, algunos los llaman "de alta divulgación". No me parece una mala etiqueta.



Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica constituye, en este sentido, una obra de alta divulgación. Es un libro de más de quinientas páginas en las que desfilan un total de cincuenta intelectuales del siglo XX y XXI, a razón, pues, de unas diez páginas de media por autor. Diez páginas sobre Bloch, Zambrano, Rahner, Arend, Bonhoeffer, Beauvoir, Weil, Aranguren, Camus, Panikkar, Saramango, Küng, Casaldàliga, Ellacuría... dan para lo que dan. Son gigantes intelectuales sobre los que cabe escribir monografías y tesis doctorales. Pero diez páginas es más, mucho más, que un artículo de enciclopedia. Diez páginas permiten situar bien a un autor, resumir su trayectoria, caracterizar su pensamiento, dialogar con su obra, invitar a su lectura... Si esas diez páginas las escribe, insisto, no un divulgador sino un investigador, esas diez páginas pueden ser una auténtica fiesta del espíritu. Y, en el caso que nos ocupa, lo son. Por varios motivos.

En primer lugar, porque Tamayo no trabaja con resúmenes de segunda mano, sino que tiene un conocimiento directo de las obras de los autores que glosa. Pensemos por ejemplo en el primer autor del libro, Ernst Bloch: ¡Tamayo le dedicó su tesis doctoral en filosofía! Buen comienzo, desde luego. Obviamente, Tamayo no ha dedicado una tesis a cada una de las cincuenta figuras, pero a todas las ha leído en extensión y en profundidad.

Además, Tamayo ha mantenido una relación personal con algunos de los autores biografiados en el libro, y eso da al perfil que traza de esas figuras un interés añadido. Por ejemplo, resulta impagable el diálogo con Saramago que el autor transcribe en las páginas 192-193 del libro. El escritor (abiertamente ateo) y el teólogo (abiertamente cristiano) pasean por las calles de Sevilla mientras repican alocadamente las campanas de la catedral, ayer mezquita. Tamayo le recuerda al escritor su definición de Dios: «Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio.» Saramago reconoce esa antigua formulación suya, y la reivindica. Acto seguido, el teólogo apostilla: «Esa definición está más cerca de un místico que de un ateo.» Tamayo hace constar a continuación: «Mi observación lo impresionó […] y le dio que pensar, sin por ello dejarse embaucar por mi ocurrencia.» Saramago era muy Saramago, desde luego.
 
Francisco Fernández Buey


Hay otros ateos en el libro. A algunos, como a Simone de Beauvoir, el autor no los trató personalmente. A otros, como a Francisco Fernández Buey, sí. De hecho, el texto dedicado a Fernández Buey es uno de los más emotivos del libro. Me gusta evocarlo porque Paco Fernández Buey fue profesor mío en la Facultat d’Humanitats de la Universitat Pompeu Fabra, y recuerdo con gran afecto sus clases sobre ética y filosofía política. Escribió un breve texto sobre Marx en la versión catalana del libro Los maestros de la sospecha. A Tamayo y Fernández Buey les unían muchas cosas, no solo el lugar de nacimiento, y el texto que el primero dedica al segundo es un homenaje emocionado a un amigo «con quien tanto quería», para decirlo al modo de Miguel Hernández.

No puedo hacer la glosa de cada uno de los cincuenta perfiles escritos por Tamayo. Pero sí quiero invitar a su lectura. Hay libros que tienen sentido en sí mismos, que de alguna forma se encierran en sí mismos, y libros que constituyen puentes y caminos de acceso a otros libros. Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica es del segundo tipo. Es un libro que acompaña en el descubrimiento de otros libros y autores. Un libro que invita a la lectura de otros libros, a la indagación y al descubrimiento, a la curiosidad intelectual y a la búsqueda insaciable. Un libro que nos ofrece cincuenta voces singulares para construir un espacio abierto al pensamiento crítico en el sentido más noble del término.


jueves, 17 de octubre de 2013

A propósito de la Opera Omnia Raimon Panikkar: respuesta a Maciej Bielawski




En CIRPIT Review núm. 4 (2013), p. 267-270, Maciej Bielawski recensiona la edición italiana de la Opera Omnia de Raimon Panikkar, con algunas referencias también al resto de ediciones en otras lenguas. Bielawski es autor de una atrevida biografía de Panikkar con voluntad abiertamente desmitificadora, y en la mencionada reseña no ahorra críticas a la forma en la que se está publicando la Opera Omnia. ¡Bienvenido sea, el espíritu crítico de Maciej Bielawski, al «mundo Panikkar», un mundo sin duda necesitado de una mirada crítica e independiente!

Sin embargo, como editor de Fragmenta y responsable último, en consecuencia, de la edición catalana de la Opera Omnia Raimon Panikkar, me siento en el deber de introducir algunos matices no menores a la incisiva argumentación de Bielawski.

Bielawski denuncia que la Opera Omnia no contiene la obra completa de Panikkar, que la presentación de sus textos está hecha en clave italiana (según él, las ediciones no italianas de la Opera Omnia de Panikkar son una mera reproducción de la edición italiana), que no se respeta el orden cronológico de los textos, que la ordenación temática constituye en sí misma una interpretación… Son reproches ante los cuales temo que la sonrisa del lector adquiera cierta legitimidad. ¿Desde cuándo unas obras completas diseñadas por el propio autor son obras completas en el sentido estricto indicado por el adjetivo? Es evidente que, cuando un autor recoge su obra en forma de obras completas, lo hace siguiendo un criterio siempre selectivo. Las obras completas de un autor raramente son completas. Y me atrevería a añadir: afortunadamente, las obras completas no acostumbran a ser completas. ¿Acaso todo lo que ha escrito un autor es merecedor de ser recogido? En la obra de todo autor, y sobre todo en la obra de todo autor prolífico (como es el caso de Panikkar, autor de una obra extensísima), acostumbran a haber pecados de juventud, textos repetitivos, textos escritos por compromiso, textos simplemente desafortunados… No todo es oro puro en la obra de un autor prolífico, y el escritor hará bien en aplicar cierto criterio antológico al reunir su obra completa para evitar que esa obra tenga un valor exclusivamente documental. Es obvio que todas las obras completas diseñadas por el propio autor son obras en última instancia selectas. Es algo que no debería sorprender a nadie.

Bielawski tiene razón al constatar que toda ordenación de textos constituye en sí misma una interpretación. Es por eso por lo que, en el caso de la ordenación de una obra ajena, lo aconsejable es optar por una disposición de los textos lo más neutra posible. Soy miembro del comité científico que está preparando las obras completas (en edición crítica) de Joan Maragall (Barcelona, 1860-1911), de próxima publicación en Edicions 62. Desde el primer día, mis colegas y yo fuimos conscientes de la necesidad de rechazar cualquier ordenación temática y apostar, en cambio, por una clasificación por géneros (poesía, artículos, discursos…), dentro de cada uno de los cuales disponemos los textos cronológicamente. Sin embargo, hay una diferencia importante entre la publicación de las obras completas de Maragall y las de Panikkar. Las de Maragall son las obras completas elaboradas, cien años después de la muerte del autor, por un comité de profesores universitarios. Las de Panikkar, en cambio, son las obras completas diseñadas por el propio autor junto a su colaboradora Milena Carrara. Naturalmente, todas las decisiones adoptadas son discutibles, pero el aval autoral les confiere como mínimo legitimidad.

Inês Castel-Branco, Ignasi Moreta y Raimon Panikkar, comentando unas pruebas de imprenta
Personalmente, pienso que la ordenación temática de la obra de Panikkar constituye un enorme acierto, y eso es algo que ha sido posible precisamente por el hecho de ser unas obras completas diseñadas por el autor. ¿Se habría podido optar por una ordenación cronológica? Puedo imaginar la progresión de volúmenes en unas hipotéticas obras completas cronológicas de Panikkar: escritos de juventud; etapa en el Opus Dei; Panikkar en la India; Panikkar americano; Panikkar en su madurez; retiro en Cataluña… ¿Tendría eso sentido? Tal vez lo tendría para el erudito panikkariano (¿cuántos hay en el mundo?), pero temo que tendría poco o ningún sentido para el lector común, incluso especializado. Una ordenación cronológica supone poner al lector al servicio del autor, porque sirve fundamentalmente para ver la evolución del autor. El autor es el centro. En cambio, una ordenación temática supone poner el autor al servicio del lector. El lector es, ahora, el centro. Si el lector quiere informarse sobre mística, podrá adquirir el volumen sobre la mística. Si quiere saber algo sobre el mito, podrá leer el volumen sobre el mito. La ordenación temática es, por parte del autor, un acto de generosidad. Sirve al lector, en lugar de pretender ser servido por él. Creo que honora a Panikkar el hecho de haber optado por una ordenación temática de sus escritos. Por otro lado, sostener que los textos de Panikkar son pluritemáticos y que cada uno de ellos podría aparecer bajo rótulos distintos supone entrar de nuevo en el terreno de las verdades de Perogrullo. Además, las valiosas referencias internas que van apareciendo a lo largo de los textos permiten al lector transitar debidamente guiado de unos volúmenes a otros, algo que en cierta medida resuelve el problema que plantea Bielawski.

Pero hay más. ¿Sería realmente posible establecer una ordenación cronológica de la obra de Panikkar? Temo que técnicamente es imposible, porque Panikkar es un autor que no abandona sus textos, sino que los reescribe una y otra vez, los funde y refunde con insistencia, los hace aparecer y desaparecer de sus libros en una asombrosa promiscuidad textual. Algún día habrá que escribir sobre esa peculiar relación que tiene Panikkar con su propia obra. Ofrezco un solo ejemplo que muestra la imposibilidad de una ordenación cronológica: ¿dónde habría que colocar, cronológicamente, los textos que integran la sección titulada La realidad cosmoteándrica en el volumen VIII de la Opera Omnia? Cuando leemos esos textos, ¿estamos ante el Panikkar de 1974, cuando presenta en público las ideas del primer capítulo, o ante el Panikkar de 1977 y 1989, que son las fechas en las que el autor publica los dos artículos que darán lugar a la obra? ¿O se trata del Panikkar de 1993, que es cuando reúne por primera vez ambos textos en forma de libro? ¿O es el Panikkar de 1999, cuando publica el libro en español? ¿O el Panikkar del 2004, cuando revisa a fondo esos textos para la edición italiana del libro? Bielawski parece ignorar el hecho de que la mayor parte de los libros de Panikkar se construyeron a partir de textos preexistentes, y muy a menudo a iniciativa ajena al autor. Que esos libros, en la Opera Omnia, se desmembren o se combinen entre sí de forma nueva, no hace sino responder al particular modus operandi (tal vez cabría hablar del modus scribendi o, mejor aún, del modus publicandi) de Raimon Panikkar. Esos cambios no causan sorpresa alguna en el lector asiduo de Panikkar.

Bielawski lamenta que la Opera Omnia no informe de la historia textual de cada uno de los capítulos que integran cada volumen de la Opera Omnia. En nuestra edición catalana sí ofrecemos la historia filológica de cada texto, es decir, detallamos con la máxima precisión posible (salvo en los dos primeros volúmenes publicados, donde fuimos algo más parcos en la información ofrecida al lector) las numerosas ediciones de cada texto en distintas lenguas. Si el lector consulta la «Procedència dels textos» del volumen II, titulado Religió i religions, encontrará la historia textual de la «Meditació sobre Melquisedec» que Bielawski reclama. Nada le ocultamos al lector. Ello prueba, además, que la edición catalana no es, como dice Bielawski, una mera «traduzioni fatte dalla matrice italiana». Le dije a Raimon Panikkar en una ocasión que yo no me había hecho editor para publicar fotocopias traducidas de una edición ajena, y recuerdo perfectamente cómo aprobó y aplaudió mi forma de entender el trabajo de edición en catalán de su obra. La matriz italiana es importante porque garantiza una unidad de criterios en la selección y ordenación de los textos que me parece que tiene para el lector muchas más ventajas que desventajas, y garantiza además que todas las ediciones incorporen las últimas correcciones aprobadas por Panikkar. En este sentido, que la edición catalana siga la editio princeps italiana es algo que creo que merece una lectura en positivo. Sin embargo, ello no significa en absoluto que la edición catalana sea un mero calco de la edición italiana. En primer lugar, porque toda traducción póstuma carece de valor ecdótico. Un ejemplo: el libro The rhythm of being fue publicado en inglés pocos días antes de la defunción de Panikkar; en consecuencia, la edición catalana del libro se ha hecho traduciendo del inglés (tal como se hace constar en la página de los créditos) y no de la edición póstuma italiana, sin que ello obste para que el libro haya sido debidamente confrontado con la versión italiana a fin de incorporar las correcciones de orden formal que la edición italiana realiza ante algunos de los múltiples errores e insuficiencias del aparato crítico de la obra en su edición original inglesa. Si el lector confronta las notas a pie de página de las cuatro ediciones existentes (primera edición inglesa, edición italiana, segunda edición inglesa, edición catalana), verá hasta qué punto es incorrecto hablar de la edición catalana como mera reproducción de la editio princeps italiana.

También me parece importante, ante una edición de obras completas de un pensador contemporáneo, tener en cuenta el propósito de esa edición para poder juzgar exactamente lo que esa edición pretende ser, y no lo que tal vez querríamos que fuese. Léase en este sentido lo que propone Bielawski: «L’edizione completa delle opere di Panikkar sarebbe un’impresa immensa. Dovrebbe raccogliere tutti i suoi testi nelle sue diverse versioni linguistiche […] e tutte le redazioni ed edizioni, per cogliere l’evoluzione di vari scritti in cui si rispecchia lo sviluppo del suo pensiero.» Sí, claro: es fácil desear una edición exhaustiva, una edición donde esté todo. Pero esa es una pretensión sencillamente imposible. Si por obras completas Bielawski entiende una edición exhaustiva de los textos en todas sus versiones, incluidas las traducciones controladas por el autor, es obvio que el género obras completas es inaplicable a Panikkar, como lo es a todo autor prolífico que revisa sus textos e interviene en sus traducciones.

Si una edición exhaustiva de los textos panikkarianos en todas sus versiones resulta imposible, temo que tampoco sería viable una edición crítica de sus obras completas, una edición que incluyera un aparato crítico que diese cuenta de todas las variantes con valor filológico. Lo cierto es que la Opera Omnia de Raimon Panikkar no se presenta en ningún lugar como una edición crítica, y no se le puede pedir, por tanto, lo que le pediríamos a una edición que sí lo fuera. La ausencia de una edición crítica de toda la obra de Panikkar obliga, al erudito interesado en rastrear con precisión la evolución del pensamiento panikkariano, a trabajar no únicamente con la Opera Omnia, sino también con las distintas ediciones de su obra publicadas a lo largo de la vida de Panikkar (y con sus manuscritos, si algún día se permite el acceso público a ellos). Ese erudito no puede pretender que la Opera Omnia le ahorre su trabajo.

Ignasi Moreta y Raimon Panikkar, en Tavertet
Bielawski dice que la Opera Omnia constituirá una Vulgata Panikkar. No me parece una mala imagen. Pero será una Vulgata que, en lo que respecta a la selección y ordenación de textos, habrá sido autorizada por el autor. Y que, al menos en el caso de la edición catalana (la única de la que me corresponde hablar), se habrá hecho partiendo de ediciones con valor filológico, que no son siempre las italianas. En Fragmenta, al empezar a trabajar en la edición de un volumen de la Opera Omnia, lo primero que hacemos es estudiar (con el coordinador de la edición, Jordi Pigem en el inicio y Xavier Serra Narciso ahora) la historia filológica de cada uno de los textos, y decidir en función de ese estudio de qué edición traducimos en cada caso, qué ediciones proporcionamos al traductor para que tenga delante, cómo hacemos la confrontación entre las diversas ediciones y la edición italiana… En consecuencia, la edición catalana de la Opera Omnia Raimon Panikkar incluye textos traducidos del castellano, del francés, del italiano, del inglés y del alemán, y otros que ya fueron directamente escritos por Panikkar en catalán (o textos cuya versión catalana fue revisada por Panikkar). En muchas ocasiones proporcionamos al traductor dos versiones del mismo texto (inglesa e italiana, por ejemplo), dándole indicaciones precisas sobre qué hacer en caso de discrepancia, de acuerdo con los hábitos científicos de la ecdótica y de la traductología contemporáneas. Tener delante dos versiones de un mismo texto permite al traductor trasladar al catalán el sentido de la obra y no giros específicos propios de una lengua determinada que pueden forzar a veces la forma de la obra traducida, que calcaría lo formal de una traducción ajena al autor sin atender a lo sustancial que el autor quiso transmitir. Por todo ello, creo estar en condiciones de afirmar que la edición catalana de la Opera Omnia no constituye en absoluto ninguna italianización de Panikkar.

Vuelvo a la imagen de la Vulgata. Sí: estamos construyendo una Vulgata que facilitará la difusión de la obra de Panikkar. Pero lo importante es que la estamos construyendo a partir de los testimonios filológicos impresos con relevancia ecdótica en la fijación del texto. Creo que san Jerónimo no tenía al alcance tanto material como nosotros, y dudo que el utillaje filológico de su tiempo le permitiera trabajar con el rigor con el que trabajamos hoy.


(En catalán, aquí.)

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿Por qué Panikkar? ¿Hay alguien más?



En el 2002, Narcís Comadira iniciaba una conferencia titulada «¿Por qué Verdaguer?» con una referencia al ensayo sobre Shakespeare de Harold Bloom: «La respuesta a la pregunta "¿por qué Shakespeare" debe ser: "¿hay alguien más?"» De la misma forma, Comadira creía que, desplazando la cuestión a la poesía catalana contemporánea, la pregunta sobre por qué Verdaguer solo podía tener una respuesta: «¿Hay alguien más?" Si trasladamos la cuestión de la poesía a la filosofía catalana posterior a Llull, fácilmente aflora en los labios la pregunta: «¿Por qué Panikkar?» Y con la misma facilidad caemos en la cuenta de que solo podemos responder: «¿Hay alguien más?»

¿Hay alguien más en la filosofía catalana posterior a Ramon Llull? ¿Balmes, autor de una obra escrita en castellano y deudor de unas formas de pensamiento que hoy nos resultan bastante alejadas? ¿Maragall, con un pensamiento cuya potencia yo mismo he reivindicado, pero que sin embargo no consideraría nunca filósofo en sentido técnico estricto? ¿Eugeni d'Ors, que en catalán fue más escritor que filósofo? ¿Francesc Pujols, si es que nos lo hemos de tomar en serio, algo que todavía no tengo claro? ¿Ferrater Mora? Quizás solo el querido y añorado Eugenio Trías, que escribía en castellano y que probablemente no se habría sentido del todo cómodo situado dentro de una tradición filosófica catalana, puede competir con Panikkar a la hora de levantar, entre nosotros, una propuesta filosófica de gran envergadura. En definitiva, la evidencia se impone: ¿por qué Panikkar? Pues bien: ¿hay alguien más?

Tres años después de su fallecimiento, volvemos a Panikkar porque, sin lugar a dudas, su obra le sobrevive. Estamos ante una propuesta filosófica de una importancia excepcional. Fragmenta tiene el honor de publicar, por voluntad del autor, la Opera Omnia Raimon Panikkar en lengua catalana, el magno y apasionante proyecto que reunirá la obra completa del pensador. Serán diecisiete volúmenes más los anexos. Llevamos siete publicados. Cuando acabemos el ciclo, ya serán ocho. Si atendemos a las dificultades de publicación de otros grandes proyectos de obras completas en Cataluña (Verdaguer, Maragall, Carner, Sagarra, Espriu...), haber publicado de 2009 a 2013 ya siete volúmenes, es decir, prácticamente dos por año, me parece que revela un esfuerzo editorial notable, posible gracias al apoyo y la implicación de la Generalitat de Catalunya, de la Fundació La Caixa y de la Fundació Vivarium, apoyo e implicación que me es grato agradecer muy cordialmente.

Pero no basta con publicar la obra: se debe favorecer la lectura y la relectura, la apropiación y la discusión. Para decirlo con un término caro a Panikkar, hay que conseguir que la obra sea fecunda, que fecunde la reflexión contemporánea sobre los grandes temas que suscitaron el interés del autor. Estos Diálogos Panikkarianos, que hoy inauguramos, tienen precisamente este objetivo: favorecer la lectura y relectura de uno de los legados intelectuales más apasionantes que tenemos entre manos. Para hacer esta lectura contamos con unas voces realmente de lujo. Hoy, Jordi Pigem y Victoria Cirlot. Y, en las próximas sesiones, Francesc Torralba y Vicenç Villatoro, Laura Borràs y Jaume Pòrtulas, Josep-Maria Terricabras y Eduard Cairol, Victoria Camps y Salvador Giner, Joan-Carles Mèlich y Àlex Susanna, Amador Vega y Xavier Melloni, y Agustín Pániker y Vicente Merlo. A todos ellos, gracias por haber aceptado nuestra invitación . Gracias también a la Institució de les Lletres Catalanes, por su apoyo. Gracias a los responsables del Palau Robert, por su acogida. Gracias a la Fundació Vivarium, que ha contribuido decisivamente a hacer posible este ciclo. Gracias a Casa Asia y al Institut d'Humanitats de Barcelona, por su colaboración desinteresada. Gracias al equipo de Fragmenta, Inês Castel-Branco, Marina Vallés y, muy particularmente, Ramon Bassas, que se ha ocupado de los detalles de la organización de este ciclo con el máximo entusiasmo. Gracias a todos ustedes, por ser sensibles a la llamada a leer y releer Panikkar.

Palabras pronunciadas el 12 de septiembre del 2013 en el Palau Robert (Barcelona), en el acto de inauguración de los I Diàlegs Panikkarians.

(En catalán, aquí.)

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